miércoles, octubre 21, 2026
Opinión

La Nueva Geopolítica de la Entrega: La Máquina Transnacional que Reconfigura a Colombia

Por : Orlando De La Hoz
Senador de la República

La conquista del poder contemporáneo ya no exige el despliegue de tanques ni violencia explícita en las calles; opera mediante la modulación algorítmica de voluntades colectivas desde servidores transnacionales. El ascenso de Abelardo de la Espriella en Colombia ilustra la implantación directa de una franquicia de la internacional ultraconservadora global. Esta estrategia trasciende la disputa política tradicional: responde a una arquitectura tecno-política probada a escala mundial que, según el Oxford Internet Institute, mueve más de 60 millones de dólares en el mercado opaco de la propaganda computacional para desarticular la deliberación democrática en decenas de países.

Detrás de este engranaje no hay un proyecto de desarrollo nacional, sino los intereses del gran capital transnacional conducidos por conglomerados de gestión de activos como BlackRock, Vanguard y State Street. Esta convergencia cuenta con el impulso doctrinario de la agenda de Donald Trump, la articulación del Foro de Madrid y el despliegue de tecnologías de control militarizado e inteligencia estratégica asociadas al régimen de Benjamín Netanyahu, con quien la actual administración ha reinstaurado alianzas inmediatas de ciberseguridad.

El verdadero fin de este despliegue no es cultural ni retórico: es material y extractivo. Bajo la retórica de la “seguridad jurídica” y la “competitividad empresarial”, el modelo implementado por De la Espriella busca allanar el marco normativo para consolidar el remate de la riqueza estratégica del país. Esto abarca la apertura acelerada del subsuelo a la megaminería de cobre, oro y níquel requeridos por el Norte global, la reactivación de proyectos de hidrocarburos, la mercantilización de la biodiversidad e infraestructuras hídricas, y la concesión corporativa de la radiación solar en La Guajira en favor de fondos de inversión privados. No se trata de gobernar para el bienestar social, sino de desmantelar la soberanía territorial y transformar la vida misma en activos de rendimiento financiero mientras la ciudadanía consume la polarización en las pantallas.

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