Opinión

El pulso de la historia: la calle y el Capitolio frente a la restauración conservadora

Por : Orlando De La Hoz
Senador electo Pacto Histórico

Este lunes 20 de julio, Colombia no asiste a un simple ritual de la democracia procedimental. La instalación del nuevo Congreso de la República trasciende el protocolo legislativo para convertirse en un escenario de disputa profunda por el alma y el rumbo del país. Estamos ante el último discurso institucional de Gustavo Petro como jefe de Estado, un balance de dignidad que cierra el ciclo del primer gobierno popular de nuestra historia contemporánea. Pero, sobre todo, estamos ante la urgencia de blindar lo conquistado frente a la inminente amenaza de un fascismo revanchista que, encarnado por Abelardo de la Espriella, pretende llegar al poder con la única consigna de destripar el legado social de estos años.

La batalla que viene no se librará únicamente en los escritorios del Capitolio; se define en la articulación inteligente entre la opinión legislativa y el rugido de la opinión social. Como Senador de la República, mi compromiso es absoluto: estaré en la primera línea de los debates de control político, asumiendo una postura de resistencia activa y transformando la curul en una trinchera de contención frente a la agenda de despojo que De la Espriella y sus mayorías pretenden imponer. Cada debate sobre la tierra, la salud o la transición energética ya no será una negociación ordinaria, sino un acto de legítima defensa del Estado Social de Derecho.

Sin embargo, la verdadera fortaleza del proyecto histórico que lidera Gustavo Petro nunca ha residido en las frías lógicas parlamentarias, sino en la calle viva. Por eso, mi labor legislativa estará indisolublemente ligada a los barrios, con la gente, y en las calles al lado de las comunidades. Este lunes, la plaza pública debe ser el reflejo de la Colombia que despertó. Es allí donde la ciudadanía activa—los movimientos indígenas que defienden el territorio, las mujeres que han puesto el cuidado y la igualdad en el centro de la política, y los jóvenes que históricamente han puesto el pecho contra la exclusión—tiene que rodear al presidente. Esta movilización no es un gesto de nostalgia anticipada; es una demostración de fuerza colectiva y un mensaje contundente para el régimen entrante: los derechos del pueblo no se negocian ni se entregan.

Acompañar a Gustavo Petro en este cierre de gestión es un deber de coherencia histórica. El verdadero legado de su gobierno no se borra con decretos ni con la soberbia del fascismo de vitrina de De la Espriella; se queda sembrado en la memoria de una nación que ya sabe lo que es gobernar para los de abajo. Frente al intento de descuartizar las reformas populares, la calle, los territorios, los barrios y el nuevo Congreso deben fundirse en una sola muralla democrática. Este lunes demostraremos que el Cambio no fue un momento pasajero, sino una marea humana imparable y lista para defender el futuro.

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