La región Caribe de Colombia es mucho más que playas y carnavales. Es un territorio donde la cocina es un idioma compartido, un espacio de memoria y resistencia, un puente entre generaciones. Cada plato cargado de arroz con coco, pescado fresco, mote de chupamelón o sancocho trifásico cuenta la historia de un pueblo que resiste, celebra y se reinventa a través de sus fogones.
En este contexto se enmarca el programa Cocinas para la Paz, una iniciativa del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes en alianza con la FAO Colombia, que busca reconocer y fortalecer la cocina tradicional como patrimonio cultural inmaterial y como un espacio para construir paz desde lo cotidiano.
Durante el último año, el programa recorrió municipios del Caribe —San Onofre (Sucre), Suan (Atlántico) y Galapa (Atlántico)— donde logró reunir a más de 70 participantes entre adultos, sabedores, cocineras, agricultores, artesanos y niños y niñas, en un ejercicio que trascendió la cocina para convertirse en un movimiento cultural de resistencia y esperanza.
El balance de este proceso no se mide únicamente en cifras, sino en la capacidad de haber sembrado futuro en los territorios. Este es un recorrido por los logros, testimonios, sabores y retos de un Caribe que sigue cocinando paz en cada olla comunitaria.
Cimarronaje y sancocho sanador
San Onofre de Torobé, municipio de 251 años de historia, es un lugar donde la cocina se entrelaza con la memoria de las comunidades afrocolombianas, indígenas y campesinas. En este municipio del departamento de Sucre, donde el 89,2 % de la población es afrodescendiente, Cocinas para la Paz reunió a 20 adultos (15 mujeres y 5 hombres) y a 13 niños y niñas entre 12 y 16 años
Las asociaciones locales como ASOAFRO, AMAPA y ASPABEBAS se sumaron al proceso, mostrando cómo las cocinas tradicionales son espacios colectivos de transmisión de saberes y de fortalecimiento identitario.
Uno de los momentos más significativos fue la recreación del “sancocho sanador”, una receta que se convirtió en canción. Los versos, interpretados en tertulias y encuentros, hablan de reconciliación, abundancia y perdón:
“Vamos a hacer un sancocho por conflicto y solución, que tenga buena batata por amor y por perdón… la mujer san onofrina se destaca de verdad, hacemos bien el sancocho para conseguir la paz.”
Este ejercicio demostró cómo la cocina, lejos de ser un espacio meramente doméstico, es un escenario político, cultural y espiritual.
Los niños y niñas, por su parte, realizaron carteleras y charlas en colegios sobre el mote de chupamelón, acercándose al proceso completo: desde la siembra hasta el consumo. De esta manera, se aseguró que las nuevas generaciones se vincularan a la tradición, resignificando el fogón como espacio pedagógico.
San Onofre también mostró la riqueza de su oralidad. Entre bullerengues, cumbias y décimas, la cocina se canta y se baila, reafirmando que la cultura alimentaria es inseparable de la música y la fiesta patronal en honor a San Onofre de Torobé.
Florece a la orilla del Magdalena
En el sur del Atlántico, sobre la margen izquierda del río Magdalena, se levanta Suan de la Trinidad, un municipio de aguas dulces, ciénagas y quebradas donde la agricultura y la pesca definen la vida cotidiana. Allí, el programa reunió a 15 adultos y a 12 niños y niñas entre los 8 y los 14 años
La participación juvenil tuvo un papel protagónico. Los niños y niñas crearon la danza de la siembra, que fue presentada en el Festival Nacional e Internacional de Artes de Suan. A través de este acto, la comunidad demostró que la cocina no solo está en el fogón, sino que se manifiesta en la danza, la música y el arte.
Las recetas priorizadas en Suan —arenca asada, mojarra frita con leche de coco y sancocho de pescado— revelan la estrecha conexión de sus habitantes con los ríos y la tierra. Durante las fiestas patronales y carnavales, estas preparaciones no son solo un alimento, sino un símbolo político de resistencia frente a los procesos de homogenización cultural.
El balance en Suan muestra que la cocina es un eje articulador de identidad. En cada plato servido, se cuentan historias de los pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinos que dieron origen a la comunidad.
Máscaras, artesanías y cocadas
Al norte, en el área metropolitana de Barranquilla, Galapa es reconocido por sus artesanías y máscaras que nutren el Carnaval de Barranquilla. Sin embargo, su cocina también guarda secretos y memorias que hoy se rescatan gracias al programa.
En este municipio participaron 13 adultos y 6 niños y niñas, quienes se acercaron a sus tradiciones a través de preparaciones como el dulce de coco
Las y los participantes rescataron recetas emblemáticas como el sancocho de gallina criolla, el mondongo y el trifásico, que reflejan el mestizaje de herencias africanas, indígenas y españolas. Al mismo tiempo, el programa permitió resaltar oficios complementarios como el tejido en bejuco o la talla en madera, que se integran en un ecosistema cultural donde la cocina dialoga con la artesanía y la danza.
Los retos de Galapa también se hicieron visibles: la influencia de dietas globalizadas, la pérdida de saberes transgeneracionales y la falta de políticas públicas para proteger la cocina tradicional frente al avance de la globalización y la tecnología.
Una fiesta de saberes
El proceso en los tres municipios culminó con el Encuentro Regional de Cocinas para la Paz – Caribe, realizado el 18 de octubre. La jornada reunió a más de 70 participantes en un espacio donde la música, la danza, el intercambio de semillas y la degustación de platos tradicionales fueron protagonistas.
San Onofre deleitó con arroz de coco y pescado medregal, Suan compartió dulces de yuca y arenca asada, mientras que Galapa llevó sus icónicas cocadas de coco con leche y arequipe. Cada plato se convirtió en una declaración cultural de resistencia y paz.
El evento también incluyó un círculo de semillas comunitarias, donde se intercambiaron variedades locales, reforzando el vínculo entre alimentación, sostenibilidad y soberanía alimentaria.
Los bailes, cantos y presentaciones culturales demostraron que las cocinas tradicionales son espacios vivos que integran memoria, arte y espiritualidad.
El Caribe colombiano demostró que la paz también se cocina. Con más de 70 protagonistas del sabor y la tradición, Cocinas para la Paz logró consolidar un proceso que no se limita a rescatar recetas, sino que fortalece identidades, crea lazos comunitarios y abre caminos de reconciliación.
Los fogones de San Onofre, Suan y Galapa mostraron que cada plato es una oportunidad para resistir, recordar y soñar. En los cantos del sancocho sanador, en la danza de la siembra o en las cocadas compartidas con niños y niñas, se reflejó una certeza: la paz no solo se firma, también se cocina, se baila y se canta en comunidad.
El reto ahora es garantizar la sostenibilidad del programa, para que las cocinas tradicionales sigan siendo un pilar de identidad cultural y de construcción de paz en Colombia.












